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viernes, 6 de septiembre de 2013

Buscando a Buda


                                                              

 Cuentos para la vida

Desde hace algún tiempo, pedí al universo disfrutar de una compilación de cuentos  de Jorge Bucay. La sorpresa divina es que gracias a los seres de luz,  los cuentos llegaron  a mí de una forma fácil, pero pasaron más 2 años . Hoy  percibo que el tiempo universal utiliza un ritmo que solo es similar al que vivimos en los sueños. Gracias.
La propuesta es adentrarme en la suma de Conocimiento + Estima = Curación. Acuñando la frase de Alejandro  Jodorowsky  "Lo que es para mí es para todos"  les presento  el cuento  Buscando a Buda.

Milagros Cordobés


jueves, 7 de junio de 2012

Frase lapidaria para un hombre insatisfecho

Junio  trae como regalo la templanza : es un viaje al interior, encuentro de lo activo y lo receptivo, en un juego de  aparente equilibrio. En lo personal, es una invitación a practicar la contención,  arroparme en el silencio  y observar activamente todo y a todos, descubriendo o repasando pasado y presente, para colocar luz en la oscuridad, que no es más que dar respuestas  a las interrogantes que hoy me convocan. Definitivamente, junio es un buen tiempo para practicar la templanza, socia y compañera en el camino  de la  satisfacción personal.
El cuento de Alejandro  Jodorowsky sobre “Frase lapidaria para un hombre insatisfecho”  a mí parecer,  queda como anillo al dedo para ilustrar el mensaje que nos trae la Templanza.
Miguel Dionisio vivió insatisfecho. Como nunca se propuso viajar a su interior, se convirtió en un turista compulsivo. Exploró, experimentó, imitó a los maestros, se embarcó en mil y una aventuras y carreras que prometían darle un verdadero sentido a su vida, pero todas tristemente acababan en una pertinaz sensación de aburrimiento.
Un día, dio un bostezo tan pero tan grande que se ahogó en él. Sus familiares y amigos decidieron colocar con letras de plata en su tumba, justo encima de su nombre, esta frase lapidaria: “¿QUÉ TE FALTÓ POR DESCUBRIR?”. Después de su entierro, en la soledad del cementerio, el silencio fue interrumpido por un feroz viento huracanado que dejó horizontales toda una fila de cipreses. Por el aire volaron no sólo hojas, sino también algunas de aquellas letras recién pegadas en el húmedo mármol.
Así, los allegados que a partir de entonces fueron a llevarle flores a su sepultura, pudieron leer la respuesta a la pregunta que ellos mismos formularon:
†
¿QUÉ TE FALTÓ POR DESCUBRIR?
 MIGUEL DIONISIO
1962 - 2012
Fuente: texto e imagen de Plano Creativo.

lunes, 20 de febrero de 2012

¿Donde hay amor hay celos?

Los celos son un sentimiento que personalmente me resulta nada fácil reconocer, no me gusta pero la realidad es que existe. Asumo lo que me corresponde, asumo y dejo libre ese temor egoísta
no sin antes preguntarme: ¿Qué me quieres mostrar?
Una abuela decía que los celos son al amor como las cenizas al fuero. En la búsqueda de asumir lo que me toca, hoy quiero compartir un cuento sobre los celos y el amor verdadero:
Un discípulo le preguntó a su Maestro: “Usted ha dicho que los celos son el temor que uno tiene de que los otros le den al ser amado lo que uno no es capaz de darle… Pero, ¿qué pasa si uno puede darle también lo que los otros le dan?”
El Maestro contestó: “Como no conoces tus límites, porque reúsas  trabajar contigo mismo, no aceptas que hay algo que no le puedes dar al ser amado y crees que eso que le dan otros tú también podrías dárselo. Sin embargo, pregúntate por qué va a buscar en otros lo que tú crees tener, si quien te ama preferiría obtener de tu mano que de una ajena. ¡Vas lejos a buscar porque cerca no encuentra!…
No somos infinitos: Debes aprender a conocer tus límites para después darle al ser amado todo lo que eres. Ni menos ni más. Menos, sería egoísmo. Más, sería falsedad… Y si ese “todo” que das no llena al ser amado, debes aceptar con generosidad que tome de otros lo que tú no puedes darle. Porque amar no es querer encadenar al ser amado. Amar es querer que este llegue a la mayor realización de sí, aunque tú no obtengas provecho de ese logro… El maestro finaliza diciendo El verdadero amor, el amor consciente, no pide: sólo desea dar. Y agradece al otro la maravilla que es su presencia y su libre existencia.”


Fuente: Plano creativo. Cuento  Alejandro Jodorowsky. Imagen fuente desconocida.

no sin antes preguntarme: ¿Qué me quieres mostrar?

martes, 20 de diciembre de 2011

Cuentos de Navidad

Regalos de Navidad
Autor Pedro Pablo Sacristán
La Conferencia Internacional de Regalos de Navidad de aquel año estaba llena hasta la bandera. A ella habían acudido todos los jugueteros del mundo, y muchos otros que no eran jugueteros pero que últimamente solían asistir, y los que no podían faltar nunca, los repartidores: Santa Claus y los Tres Reyes Magos. Como todos los años, las discusiones tratarían sobre qué tipo de juguetes eran más educativos o divertidos, cosa que mantenía durante horas discutiendo a unos jugueteros con otros, y sobre el tamaño de los juguetes. Sí, sí, sobre el tamaño discutían siempre, porque los Reyes y Papá Noel se quejaban de que cada año hacían juguetes más grandes y les daba verdaderos problemas transportar todo aquello...
Pero algo ocurrió que hizo aquella conferencia distinta de las anteriores: se coló un niño. Nunca jamás había habido ningún niño durante aquellas reuniones, y para cuando quisieron darse cuenta, un niño estaba sentado justo al lado de los reyes magos, sin que nadie fuera capaz de decir cuánto tiempo llevaba allí, que seguro que era mucho. Y mientras Santa Claus discutía con un importante juguetero sobre el tamaño de una muñeca muy de moda, y éste le gritaba acaloradamente "¡gordinflón, que si estuvieras más delgado más cosas te cabrían en el trineo!", el niño se puso en pie y dijo:
- Está bien, no discutáis. Yo entregaré todo lo que no puedan llevar ni los Reyes ni papá Noel.
Los asistentes rieron a carcajadas durante un buen rato sin hacerle ningún caso. Mientras reían, el niño se levantó, dejó escapar una lagrimita y se fue de allí cabizbajo...
Aquella Navidad fue como casi todas, pero algo más fría. En la calle todo el mundo continuaba con sus vidas y no se oía hablar de todas las historias y cosas preciosas que ocurren en Navidad. Y cuando los niños recibieron sus regalos, apenas les hizo ilusión, y parecía que ya a nadie le importase aquella fiesta.
En la conferencia de regalos del año siguiente, todos estaban preocupados ante la creciente falta de ilusión con se afrontaba aquella Navidad. Nuevamente comenzaron las discusiones de siempre, hasta que de pronto apareció por la puerta el niño de quien tanto se habían reído el año anterior, triste y cabizbajo. Esta vez iba acompañado de su madre, una hermosa mujer. Al verla, los tres Reyes dieron un brinco: "¡María!", y corriendo fueron a abrazarla. Luego, la mujer se acercó al estrado, tomó la palabra y dijo:
- Todos los años, mi hijo celebraba su cumpleaños con una gran fiesta, la mayor del mundo, y lo llenaba todo con sus mejores regalos para grandes y pequeños. Ahora dice que no quiere celebrarlo, que a ninguno de ustedes en realidad le gusta su fiesta, que sólo quieren otras cosas... ¿se puede saber qué le han hecho?
La mayoría de los presentes empezaron a darse cuenta de la que habían liado. Entonces, un anciano juguetero, uno que nunca había hablado en aquellas reuniones, se acercó al niño, se puso de rodillas y dijo:
- Perdón, mi Dios; yo no quiero ningún otro regalo que no sean los tuyos. Aunque no lo sabía, tú siempre habías estado entregando aquello que no podían llevar ni los Reyes ni Santa Claus, ni nadie más: el amor, la paz, y la alegría. Y el año pasado los eché tanto de menos...perdóname.
Uno tras otro, todos fueron pidiendo perdón al niño, reconociendo que eran suyos los mejores regalos de la Navidad, esos que colman el corazón de las personas de buenos sentimientos, y hacen que cada Navidad el mundo sea un poquito mejor... FIN

Este ameno cuento nos invita reflexionar sobre el comportamiento de la sociedad y nos invita a  rescatar los valores  de la navidad como son el  amor en familia, el respeto,  la solidaridad, y compasión  con el prójimo  por encima de la fiesta materialista.  Milagros Cordobés

jueves, 24 de noviembre de 2011

Ejercicio de la Alegría

“Una vez, vino a nuestro monasterio un hombre que sufría de parálisis en su mano derecha. El Maestro le preguntó qué era lo que solía hacer con ella. Guardó un instante de silencio y luego dijo:
– Durante muchos años usé mi mano derecha para matar ovejas y toros.
– Cuántos mataste? -le preguntó el maestro
– Miles…
No escuché el resto de la conversación porque, de repente, sonó la campana para la cena. Después, le pregunté al Maestro cómo la matanza de animales podía paralizar la mano de alguien, y me contestó:
– Cada vez que este hombre sentía el dolor y el sufrimiento de los animales, disminuía la vitalidad de su mano hasta que, con el tiempo, esa vitalidad desapareció por completo. La falta de alegría causa parálisis.”
En esta época tecnológica, tal vez, la gente se ría de lo que decimos y lo considere una superstición. Pero mi Maestro curó en seis meses la parálisis de ese hombre, haciéndole practicar diarias, de cuatro horas el ejercicio de la alegría.
Una vez, yo copié unos de sus ejercicios:
– Crea mentalmente la imagen de tu brazo derecho y con él saca del río a un hombre que se está ahogando… Escribe con tu mano una carta alegre… Da con ella dinero y joyas a los pobres… Sirve con ella comida a centenares de personas…
El hombre de quien hablo solía seguir diariamente… los ejercicios que mi Maestro le enseñaba. Al cabo de seis meses, empleó esa mano para dar agua a un ciervo de la montaña que estaba de visita en nuestro huerto…” Torkom Saraydarian, en “Alegría y Curación”

Otros ejercicios de la Alegría que propone el mismo autor:
– Recordar una alegría de la primera infancia. Observa qué le ocurre a la persona que está volviendo a sentir su alegría pasada.
– Recordar un acontecimiento cuando otra persona estaba realmente alegre
– Recordar cuando otra persona compartió tu alegría
– Recordar una alegría que causaste a los demás
– Recordar una alegría que te causaron sin habérselo propuesto
– Recordar un momento de alegría que la Naturaleza te dió.

Fuerte: Plano Creativo

viernes, 4 de noviembre de 2011

Acto de fe

Alejandro Jodorowsky nos dice que en el fondo amar es un acto de fe. Siempre el encuentro de una pareja es milagroso. No deberíamos haber ido a ese sitio, pero movidos por una fuerza que creemos absurda, vamos para encontramos con la persona que nos acompañará el resto de nuestra vida. O bien, el mágico encuentro se produce en un momento dado: si hubiéramos estado ahí cinco minutos antes o cinco minutos después, nada hubiera sucedido. Desde la primera mirada el amor se presenta con una certeza absoluta. Sin embargo, si dejamos entrar las dudas, los celos, el espíritu de posesión, el milagro se desvanece.
Pensando en ello  Jodorowsky ha escrito esta fábula sin nombre pero con profundo significado:
En una playa perdida en las calidas aguas del Caribe, un hombre vivía de la pesca, su nombre era Omar. En las noches, siempre solitario, Omar mirando la luna, se preguntaba: “¿Por qué no tengo una mujer como los otros? Quiero una compañera simple y a la vez brillante, la quiero humana y también diosa. Deseo que en la noche oscura ilumine mi camino”.
Para pasar el tiempo, plantó calabazas y crecieron enormes, las cargó en su burro y fue a venderlas al pueblo. A mediodía llegó un hombre moreno acompañado de una extraña mujer: a pesar de ser joven, sus cabellos eran plateados. Omar exclamó, admirado: “¡Raro es el cabello de tu mujer!” El moreno le respondió: “Más extraño su corazón, porque también es plateado”. Omar le preguntó: “¿Dónde nacen mujeres tan maravillosas?”. El otro le dijo: “En un pueblo de brujos, detrás de las montañas. El que se casa con una de ellas alcanza la paz, el amor, la sabiduría, la prosperidad”. Y no quiso decir más. Omar exclamó: “¡Encontraré una mujer así!”.  
Y abandonando su burro y sus calabazas fue a las montañas. Escaló, bajó, atravesó valles, bosques, varias aldeas. Buscó durante años. Le creció el cabello, la barba, se cubrió de harapos, adquirió expresión de loco. Los campesinos se rieron de él. “¡Ja, ja, busca una mujer con el corazón plateado!”. Nunca la encontró.   Decepcionado, Omar regresó a su playa para vivir desnudo comiendo sólo almejas. Un día vio bajar a una mujer por el cerro. ¡Tenía la cabellera plateada! Cuando llegó junto a él, le dijo: “Me envían los brujos porque lo has dejado todo por mí. Te pertenezco.” Omar gruñó: “No creo que tus cabellos sean reales, te los has pintado. ¡Y tu corazón ha de ser rojo! ¡Te desenmascararé!” Bruscamente le hundió un cuchillo entre los senos para abrir un surco y extraerle el corazón. ¡Era plateado! Gritó: “¡He recuperado la fe! ¡Lograré por fin la paz, el amor, la sabiduría y la prosperidad!” Pero ya era tarde, la mujer estaba muerta.
La creencia es movida por la fe. Solo llegamos hasta donde llega nuestra fe, creer es la oportunidad para crear y avanzar.
Fuente: Plano Creativo, adaptado por Milagros Cordobés. Imagenes: mujer Plano creativo. "Crimen abismo azul, remordimiento físico", Amadeo de Souza Cardoso (1915)

miércoles, 26 de octubre de 2011

Cuento: El círculo del 99

Entre los cuento para la vida, para crecer, personalmente es uno de mis preferidos, El círculo del 99 es una invitación sencilla pero profunda que nos convoca a tomar todo lo que tenemos para seguir reinventando nuestro camino personal, dando nuestro 100%. Feliz semana MC.

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
Un día el rey lo mandó a llamar.
Paje -le dijo- ¿cuál es el secreto?
¿Qué secreto, Majestad?
¿Cuál es el secreto de tu alegría?
No hay ningún secreto, Alteza.
No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
¿Por qué está siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?
Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -dijo el rey-.. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...
Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y ,alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
¿Por qué él es feliz?
Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
¿Fuera del círculo?
Así es.
¿Y eso es lo que lo hace feliz?
No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz
Así es.
¿Y cómo salió?
¡Nunca entró!
¿Qué círculo es ese?
El círculo del 99.
Verdaderamente, no te entiendo nada -dijo el Rey-.
La única manera para que entiendas, sería mostrártelo en los hechos.
¿Cómo?
Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
Eso, ¡obliguémoslo a entrar!
No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
Entonces habrá que engañarlo.
No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solo en el círculo.
¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
Si, se dará cuenta.
Entonces no entrará.
No lo podrá evitar.
¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
Sí Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. 99!
¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso?
Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
Hasta la noche.
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste".
Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde detrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta y entró a su hogar.
El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente ingresó presuroso a su hogar y con su brazo arrojó al piso todo lo que había sobre la mesa, dejando sólo la vela. Se sentó y vació el contenido de la bolsa... Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! El, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar a la luz de la vela, las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis.... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60....hasta que formó la última pila: ¡9 monedas!
Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. «No puede ser», pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
Me robaron -gritó- ¡me robaron!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro "sólo 99". -99 monedas es mucho dinero- pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo -pensaba- Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico.
Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. «Doce años es mucho tiempo», pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡Era demasiado tiempo!
Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender... vender... vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien. El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99...
Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.
¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo.
Nada me pasa, nada me pasa.
Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo que se tiene. Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar lo que falta... Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida.
Pero qué pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos diéramos cuenta, así, de golpe, que nuestras 99 monedas son el cien por ciento del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve, que todo es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que jalemos del carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados. Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual... ¿Cuántas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están? Jorge Bucay

Fuente: imagen Plano Creativo

lunes, 19 de septiembre de 2011

La Roca

Cuentan que un muy buen hombre vivía en el campo, pero tenía problemas físicos. Un día se le apareció Dios y le dijo: “Necesito que vayas hacia aquella gran roca de la montaña, y te pido que la empujes día y noche durante un año”.


El hombre quedó perplejo cuando escuchó esas palabras, pero obedeció y se dirigió hacia la enorme roca de varias toneladas, que Dios le mostró.
Empezó a empujarla con todas sus fuerzas, día tras día, pero no conseguía moverla ni un milímetro. A las pocas semanas llegó el demonio y le puso pensamientos en su mente: “¿Por qué sigues obedeciendo a Dios? Yo, no seguiría a alguien, que me haga trabajar tanto y sin sentido. Debes alejarte, ya que es estúpido que sigas empujando esa roca… nunca la vas a mover”.
El hombre trataba de pedirle a Dios que le ayudara, para no dudar de su voluntad, y aunque no entendía, se mantuvo en pié con su decisión de empujar.
Con los meses, desde que se ponía el sol hasta que se ocultaba, aquel hombre empujaba la enorme roca sin poder moverla; mientras tanto su cuerpo se fortalecía, sus brazos y piernas se hicieron fuertes por el esfuerzo de todos los días.
Cuando se cumplió el tiempo, el hombre elevó una oración a Dios y le dijo: “Ya he hecho lo que me pediste, pero he fracasado, no pude mover la piedra ni un centímetro”.
Y se sentó a llorar amargamente, pensando en su muy evidente fracaso.
Dios apareció en ese momento y le dijo: “¿Por qué lloras? ¿Acaso no te pedí que empujaras la roca? Yo nunca te pedí que la movieras, en cambio mírate, no has fracasado tu problema físico ha desaparecido.
Fuente: Plano creativo, autor desconocidos, imagen Maion.com .

Poema para cuento


SÉ TODOS LOS CUENTOS
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan
con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
León Felipe

Felipe Camino Galia de la Rosa,  conocido como León Felipe, poeta español, 1884 – 1968.
Imagen autor desconocido. Material cortesía de Iveliza Toro.

jueves, 15 de septiembre de 2011

La virtud de los cuentos


Según la tradición oriental, un día  llegaron al cielo la inteligencia, la juventud, la religión, el amor y la sabiduría.
Para que fueran reconocidos por sus virtudes esenciales y así entrar en el Paraíso, el portero les pidió, que cada uno de ellos manifestase con alguna actividad representativa, lo que efectivamente eran.
Así, la inteligencia hizo lo suyo, analizó.
La juventud bailó.
La religión rezó.
El amor abrazó y besó.
Y la sabiduría, por último, contó un cuento  

Fuente: texto  e imagen Plano creativo, autor desconocido